Cuentan que una vez, una mujer se fue a confesar ante un sacerdote.
Le manifestó que había desparramado un chisme tan feo sobre una pareja, que había provocado el divorcio de ésta.
Le confesó al cura que ella no mataba, ni robaba. Simplemente le gustaba decir chismes, por lo tanto consideraba que la falta no era tan grave.
El padre le ordenó a la señora que hiciera algo muy sencillo. Tenía que comprar un gallo, luego subir al campanario y comenzar a quitarle las plumas una por una, y arrojarlas desde lo alto.
Cuando la mujer terminó de hacerlo, el presbítero le dijo que el siguiente paso era ir por las calles del pueblo y recoger las plumas.
La mujer respondió que eso era imposible pues el viento las había dispersado por todo el pueblo. Así es, le dijo el santo párroco.
De la misma manera, cuando usted le roba el honor a alguien, ya no se lo puede devolver, pues la crítica ha volado por todo el pueblo.
Del libro "Dios, Luz de mi mente", de Roberto Di Santo (mi tío abuelo).
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